A cada quien, su parte.

Escrito por Eduardo M Romano el 17 noviembre, 2019

El mito funcionaba a las mil maravillas.
El reparto había sido,
para el andar inconsciente de ese grupo,
irreprochable y ecuánime.
A cada quien le había tocado lo suyo.
Tanto por la asignación de méritos y lugares,
como por sus consecuencias.
De este modo, todo transcurría
aceitado, implícito y automático.
Aceptado sin chistar,
como si fuera la cosa más natural del mundo
Por ejemplo, a la hermana más grande,
todos estaban convencidos
que le había tocado en suerte
el don de la brillantez y la inteligencia.
A la más chica, en cambio , y para su desgracia,
la bolilla le había caído
en el lugar de la oveja negra.
El fundamento de este estado de cosas,

visto desde afuera,
no sólo era inconsistente,
sino endeble, absurdo y contradictorio
Si acaso uno le seguía la pista,
parecía perderse
en una confusa nebulosa.
Nada de esto importaba,
porque la mecánica andaba de lo lindo.
Y su eficacia era casi perfecta
El mito tan eficaz como insabido,
era asumido por todo el grupo,
como lo más natural del mundo..
Transparente e invislble como los hábitos
y las costumbres talladas en el día a día.
Quiero decir, lo habían hecho propio.
La de arriba , la de abajo
y todos y cada uno de los que estaban en el medio.
Obvio y establecido.
Rígido e inamovible.
Aunque no sólo poco y nada tuviera que ver
con la realidad de las cosas…
… sino más bien
con todo lo contrario

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